Alejandro III de Macedonia el grande, murió joven, su dominio se extendía por Egipto, Anatolia, Oriente Próximo, Asia Central, casi a las puertas de la India.

Sus gestas estuvieron a la altura de los militares más audaces de la historia de la humanidad. En solo once años venció a la primera potencia de la época, el Imperio persa, habiendo conquistado más territorios que ningún otro general hasta entonces y sin haber sido vencido nunca, conquistó un inmenso territorio que se extendía desde su Grecia natal hasta las puertas del subcontinente indio. Difundió la cultura griega, que, fusionada con las culturas de las regiones sometidas, impregnó el lenguaje, la política, el arte, la literatura y la religión.

A fin de cuentas, cambió el mundo de su época, ya en su lecho de muerte comunicó sus últimos deseos.

  1. Que su ataúd fuera cargado por los mejores médicos de la época,
  2. Que los tesoros que poseía fueran esparcidos por el camino hasta su tumba.
  3. Que sus manos quedaran fuera del ataúd y a vista de todos.

Los ministros, sorprendidos, preguntaron: “¿Cuáles son los motivos?”

Él respondió:

  1. Quiero que los mejores médicos carguen mi ataúd para mostrar que no tienen ningún poder sobre la muerte.
  2. Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales que aquí se conquistan, aquí se quedan.
  3. Quiero que mis manos queden fuera del ataúd para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y nos vamos con las manos vacías.

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