En una civilización bajo el mando de emperadores ambiciosos, pero visionarios, la ingeniería romana jugó un papel determinante en la expansión territorial, sobre todo, en la eternidad del Imperio, tanto, que la huella quedó marcada e imborrable hasta nuestros días.

En un principio el sistema fue diseñado para fines militares y políticos: mantener un control efectivo de las zonas incorporadas al Imperio era el principal objetivo de su construcción. El desarrollo de la red de calzadas se produjo al mismo tiempo que el crecimiento del Imperio. Una vez construidas, las calzadas adquirieron importancia económica, pues al unir distintas regiones, facilitaban el comercio y las comunicaciones.

El emperador Augusto ideó la arteria, que se extiende a lo largo de casi 1.500 kilómetros por la península Ibérica. Existen tres los tipos de calzadas que conocemos: de tierra, de grava y pavimentadas. Por supuesto, antes de su planteamiento los técnicos tenían en cuenta diferentes factores, entre ellos la condición natural del terreno y la pendiente, y aprovechaban los tramos con largas alineaciones rectas. La anchura media de la calzada era de entre cuatro y seis metros, aunque hay excepciones que alcanzan de 10 a 14, mientras que las aceras, que únicamente se construían cerca de las ciudades, tenían una anchura de tres a 10 metros por cada lado. Todavía se conservan algunos de estos tramos que han mantenido hasta la época moderna la denominación de Camino Romano, Vía Romana, Calzada Romana… hasta la construcción en el siglo XIX de las carreteras.

Para señalar las distancias del camino, los romanos colocaban en el borde miliarios, que marcaban la distancia entre ellos, de 1.481 m, equivalentes a un milia passum (un millar de pasos). En su superficie llevaba inscrito el nombre del constructor o restaurador de la vía, la denominación de ésta y la distancia desde el punto de partida o de llegada (caput o terminus viae).

Por otro lado, para evitar la acumulación de agua en la calzada, lo cual podría suponer su hundimiento, los romanos las construían abombadas, para que el agua de lluvia se evacuase hacia el exterior y no se quedase estancada en la superficie del centro; a los dos lados de la calzada se excavaba una pequeña zanja –fossa-, como las actuales cunetas, a dos o tres metros de distancia sin vegetación para acumular esta agua de lluvia.  Por esta misma razón, los romanos construían sus calzadas normalmente sobre un terraplén –agger- de un metro de altura o incluso más para la eliminación del agua y para una mejor visión de la zona por parte del ejército cuando las atravesaba.

En numerosas ocasiones, las calzadas romanas tenían que salvar los cauces de agua que se encontraban en sus recorridos. El secreto para construir moles, como el puente que salva el desfiladero de Alcántara, se encuentra en un único elemento: el arco. Conocido por egipcios, mesopotamios y griegos, sólo Roma supo aprovechar sus enormes posibilidades. Los puentes más primitivos eran meros tableros colocados sobre pilares, ya que con la piedra era casi imposible alcanzar más de seis metros de distancia entre los soportes. Las arcadas, por su parte, permiten alcanzar luces mayores, pero a cambio hay que resolver una peculiaridad: un arco está vivo, se mueve si no se sujeta.

Un arco se compone de dovelas, piezas con aspecto de cuña. Eso le da al arco su curvatura al tiempo que lo sostiene (al encajarse, las dovelas no pueden caer). Pero también hace que su peso se descomponga en empujes verticales (el soporte los recoge sin problemas) y otros laterales que hay que contrarrestar. Un arco sólo se sostiene cuando está completo. Para construirlos, es preciso colocar primero una subestructura de madera que tiene la forma de la curva. Se denomina cimbra y sobre ella se van montando las piezas o dovelas, desde los laterales al interior. El arco está listo cuando se pone la pieza central del puzzle, que por eso se llama clave.

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